La flexibilidad de lo informal

La informalidad laboral en México es muy formal. Siempre ha estado ahí, estamos acostumbrados a participar activamente en ella —compramos en el tianguis, tenemos nuestro proveedor de fruta y nos arreglamos con el maestro de obra cuando la casa necesita arreglos—. Afuera de las oficinas del Servicio de Administración Tributaria (SAT) hay puestos con toda suerte de productos y es común ver alrededor de los hospitales decenas de puestos de comida en los que los mismos médicos que nos indican la alimentación saludable que debemos llevar disfrutan tacos de todo y quesadillas rebosantes de aceite. En este país a nadie sorprende la informalidad.

Cuando discutimos temas como el salario mínimo, las pensiones, las AFORES, el retiro, y celebramos cualquier avance en materia laboral, se olvida al mercado informal. En la informalidad no hay regla que aplique. No hay salarios mínimos, no existen las prestaciones, ni hablar de tomarse “un día personal” y pensar en una edad de retiro es poco realista. La informalidad en México se define como la población que trabaja en pequeños negocios no registrados, empleados por cuenta propia en la agricultura de subsistencia y trabajadores que laboran sin la protección social y cuyos servicios son utilizados por las unidades económicas registradas. Con datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del primer trimestre del año, el porcentaje de personas ocupadas en la informalidad fue 56.1%, un poco más de 31 millones de personas.

En abril el cambio más dramático fue la disminución en la Población Económicamente Activa (PEA) del que ya se ha escrito. Los ocupados en la informalidad disminuyeron en ese mes ocho puntos porcentuales, para situarse en 47.7% de los ocupados, 20.6 millones de personas. En mayo empezó a recuperarse alcanzando 22.6 millones de personas y en junio llegó a los 25.6 millones. El mercado laboral es flexible, no hay regulación que lo “obstaculice”, despide, contrata y ajusta salarios de acuerdo con la oferta y la demanda. No por eso es deseable. Si el objetivo es mejorar las condiciones laborales de los trabajadores mexicanos no se debe olvidar la existencia del mercado informal.

La pandemia obliga a tomar precauciones. El uso de cubrebocas, aforos limitados, prácticas de higiene distintas a las que prevalecían antes del COVID-19 complicarán enormemente la recuperación del mercado laboral formal. Con el propósito de lograr un regreso ordenado de la actividad económica, la carga regulatoria caerá —una vez más— sobre la formalidad. El restaurante formal tendrá que adecuarse, asumir el costo y hacer frente a las inspecciones necesarias. El puesto de comida de la esquina no. La informalidad hará caso omiso de los protocolos. La formalidad se vuelve más cara.

Al perseguir el objetivo dual de permitir el retorno de la actividad económica limitando los contagios, la reactivación tendría que darse sin que esto signifique un subsidio adicional a la informalidad. No está fácil. Los problemas añejos siempre llegan a pasar factura.

Fuente: Milenio / Valeria Moy

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