Jóvenes: víctimas de la pandemia

El COVID-19 se ha convertido en un drama social y económico que aún no alcanzamos a dimensionar en su totalidad y la actualización de las proyecciones de su impacto dan cuenta de escenarios dantescos con consecuencias difíciles de calcular.

Para América Latina y el Caribe, la región más desigual del planeta, la presencia del COVID-19 acentuará las diferencias en el ingreso, profundizando las brechas existentes y generando problemas adicionales en el largo plazo. Ése será el caso para millones de jóvenes que verán limitado su acceso al empleo, la educación y la cultura en una atmósfera de aridez financiera y contracción económica.

La década perdida se asoma a la vuelta de la esquina. El quinto informe especial sobre la pandemia, presentado el 15 de julio por la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), advierte que el Producto Interno Bruto (PIB) per cápita de los latinoamericanos caerá a valores del año 2010, lo que significa un retroceso de 10 años en los ingresos.

La CEPAL proyecta que el número de personas en situación de pobreza se incrementará en 45.4 millones en 2020, con lo que el total de personas en esa condición pasaría de 185.5 millones en 2019 a 230.9 millones en 2020, cifra que representa el 37.3% de la población de la región.

Al finalizar 2020, el PIB regional caerá un promedio de 9.1%, se sumarán 45.4 millones de nuevos pobres, se perderán 8.5 millones de empleos y 2.7 millones de empresas cerrarán sus puertas. Vendrán grandes presiones para los Gobiernos y sus representantes en una atmósfera de reclamo e insatisfacción por el colapso de todos los indicadores económicos.

El mayor impacto, con relación al empleo y la falta de oportunidades, lo recibirán los jóvenes entre 15 y 24 años, a quienes en varios informes se les ha denominado la “generación confinada”, la misma que sufrirá los efectos económicos del coronavirus por al menos una década.

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), previo a la pandemia, la tasa de desempleo juvenil mundial era de 13.6% (comparada con un 4.9% de toda la población activa) y en Latinoamérica, de 17.9% (comparada con un 8.1%), lo cual refleja el problema estructural del desempleo juvenil y la gran vulnerabilidad de este grupo social.

Otro dato revelador es que tres de cada cuatro jóvenes trabajan en el sector informal, sin acceso a protección social ni a los programas de becas y apoyos monetarios que ofrecen diversos Gobiernos para aliviar la crisis.

Balance

Ser joven en la pandemia entraña un desafío doble. Por un lado, la perspectiva de futuro se ha visto interrumpida por la imposición de medidas sanitarias que ahogan a la economía y eliminan la generación de empleos y, por otro lado, las perspectivas de recuperación son nebulosas ante la falta de una vacuna que permita retomar las actividades interrumpidas con algún sentido de normalidad. Estamos hablando de un limbo desconcertante que genera desánimo y desesperanza.

Una juventud sin horizontes es víctima inmediata de la delincuencia, el extremismo y la ingobernabilidad. Sin embargo, en este momento de crisis se presenta también una oportunidad única para repensar y trabajar por un nuevo contrato social, colocando a los jóvenes en el centro de la discusión pública. Recuperar la esperanza en el futuro es el primer paso. Sólo será posible de la mano de los jóvenes.

Fuente: Excelsior / Francisco Guerrero Aguirre

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